El jardín de Inma

Foto: Abel Laborda. Junio 2017.

El jardín de Inma está lleno de fantasmas. Pero no piensen que es un lugar lúgubre de esos que nos tienen acostumbrados las películas de terror. Es un sitio muy bonito y luminoso, todo lo luminoso que le deja ser el clima que habita en esas tierras, donde el cielo se encapota más veces de las que deja ver el sol.

Son difíciles de ver, pero si uno se fija atentamente enseguida descubre su presencia en sutiles detalles, sucesos que no deberían ocurrir o cosas que no deberían estar ahí. Pequeñas alucinaciones, como las describen despectivamente algunos.

Foto: Abel Laborda. Junio 2017.

La primera suele venir a dar la bienvenida a cada nueva flor. Cuando aparece, el aire se inunda de olor a comida (a comida tradicional, a croquetas o a cocido) y a lo lejos se escuchan los ecos de una radio que no acabara nunca de estar bien sintonizada.

El segundo acude a la llamada de los ladridos de los perros del lugar. Le acompaña un calor que abriga y un cierto olor a ceniza, como si alguien encendiera una vieja estufa de carbón. Enseguida el aroma adquiere nuevos matices: a coñac añejo, a madera de barril y al olor que adquieren los libros cuando pasa suficiente tiempo.

Foto: Abel Laborda. Junio 2017.

El tercero es más esquivo, pero le pierde la curiosidad de cada nuevo coche que se acerca al jardín. Le acompaña un viento algo enrarecido, con una mezcla extraña de humo de tabaco y olor a salitre. Cuando aparece, a uno le parece estar escuchando los ecos de algún antiguo cabaret francés.

La cuarta es mi favorita y viene con cada lluvia, con cada repicar de gotas en las ventanas. Su presencia se adivina en el cielo, que adquiere extraños matices, como si hubiese sido pintado al óleo. Y música de copla. Y risas, sobre todo risas…

Foto: Abel Laborda. Junio 2017.

La gente suele tenerle miedo a los fantasmas. Yo no, a mí me reconforta su presencia. Solo me asusta cuando me dejan solo y se marchan.

Texto: Abel Laborda. Junio 2017.

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