Avec moi

Foto: T. Schaeffer

Hola de nuevo, viejo amigo. Hacía mucho que no venía a hablar contigo. Vengo a verte ahora tan poco como cuando estabas vivo. Ya ves, en eso no he cambiado, quizá sea porque todavía me duele. Todavía no he conseguido quitarme la espina de no haber dedicado más tiempo a estar contigo, de no haberlo aprovechado lo suficiente. Fuiste de lo mejor que ha pasado por mi vida, te quise mucho, te sigo queriendo, pero nunca te lo dije.

Supongo que todos tenemos este tipo de pensamientos cuando un amigo se va y ya no podemos hacer nada para remediarlo, pero no creo que esto sea ese tipo de arrepentimiento idiota. Hace tiempo que ya no estás y este dolor no desaparece. Realmente creo que no fui el amigo que te merecías. Me arrepiento de tantas cosas…
Por lo menos algo aprendí de ti y de todo esto: el no dejar las cosas buenas para mañana, el no amagar nunca un te quiero y el no decir no a un amigo, el no dejar pasar el tiempo ni las oportunidades.

Esta semana he estado en Francia ¿sabes? Y me ha pasado algo que me ha recordado esta vieja lección. Fui a Cannes a una convención y decidí acercarme a Carcasona. Exploraba su casco antiguo cuando me paré a escuchar uno de esos músicos callejeros. Allí había una señora, ya mayor, que con los ojos cerrados se mecía suavemente al ritmo de la música. En esto se acerca caminando pausadamente un caballero, canoso ya, pero de buena estampa, vestido como de otra época (sobrero de ala, zapatos bicolor…) y se detiene junto a la señora. Ella nota su presencia y abre los ojos. Él se levanta el sombreo e inclina la cabeza a modo de saludo y eleva su mano izquierda invitando a la dama a bailar. Ella sonríe, coge su mano y se pone a bailar con él.

Cuando terminó la canción se separaron, se despidieron (ella inclinado la cabeza, él levantado el sombreo) y el caballero se alejó caminado, tal y como había venido. No se dijeron ni una sola palabra en todo el rato. Ni un “Bonsoir”, ni un “Voulez-vous danser avec moi?”, nada. Desconozco si es alguna antigua tradición occitana pues parecía que no se conocían. Pero yo no pude alejarme de allí sino con una sonrisa en la boca pensando que a mí también se me había ocurrido invitar a aquella señora a bailar, pero no me atreví. Se me adelantó un anciano con más mundo, más valor o menos vergüenza que yo. La experiencia, que dicen que es un grado, supongo. Recordé la lección y me dije a mi mismo (otra vez) que nunca más.

Al día siguiente regresaba en avión y no pude dejar de fijarme en una de las azafatas y en los problemas que tenía para hacer su trabajo. Dos niños se perseguían a lo largo del estrecho pasillo de la cabina impidiéndole empujar el carrito de los aperitivos, un ejecutivo de primera no hacía más que quejarse y una señora en la fila 14 (me acuerdo del número porque poco antes me había dado cuenta con sorpresa que la numeración de las filas saltaba de 12 al 14 obviando el 13) no hacía más que llamar para que subiera y bajara su bolso del portaequipajes una y otra vez.

Cuando llegó a mi asiento (estaba solo en la cola del avión) preguntándome si me apetecía algo, me sorprendí a mí mismo pidiéndole una sonrisa, que se sentara y que me contara lo de los niños traviesos, el ejecutivo agresivo (nunca mejor dicho) y la puñetera señora del 14 A, porque, cuando llegara a casa, ella y quien la estuviera esperando se merecían un rato de compañía y de romanticismo y no ponerse hablar de los problemas del trabajo.

Ella se quedó atónita un segundo sin saber que responder, para luego decir con una sonrisa que le encantaría pero que tenía que seguir trabajando. Al notar su sorpresa, no sé por qué me acordé de Rocío, la camarera, ¿te acuerdas de ella? Con solo dieciocho años ya tenía siempre respuestas para todo. Supongo que las camareras (especialmente si están tan tremendas como ella) tienen que soportar a más moscones pelmazos que las azafatas de vuelo.

Cuando aterrizamos esperé hasta el último momento. La gente se levanta enseguida agolpándose en el pasillo hasta que se abren las puertas, así que me quedé pacientemente en mi asiento hasta que se alejó la marabunta. Cuando me fui, la azafata estaba en la puerta del avión. Al despedirme, deseándole un feliz resto de día me contestó:

– No me espera nadie.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que eso era su respuesta a mi anterior petición y no al saludo que acababa de darle.

– En eso te equivocas – contesté – te espero yo.

Ahora es ella quien está esperando en el coche. Le dije que quería saludar a un viejo amigo. Es más bonito y romántico decir eso que asumir la realidad de que vengo aquí a enfrentarme a mis propios fantasmas, pero creo que poco a poco estoy consiguiendo vencerlos. En otra época no se me hubiera ocurrido decirle nada a una azafata (preciosa, pero totalmente desconocida). En otra época, incluso, ni siquiera sé si hubiera tenido valor de venir a visitarte.

Ojalá pudieras conocerla. Ojalá pudiera ella conocerte a ti.

Texto: Abel Laborda. Octubre 2008.

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